·        Sistema de produccion Embera
·        Vestidos y adornos de los Emberá
·        Vivienda Emberá
·             El trabajo y su relacion con el mito
·             La división del trabajo



SISTEMA DE PRODUCCION EMBERA [1]

Tradicionalmente los Embera han practicado una agricultura de selva tropical húmeda, itinerante, de parcelas de plátano, maíz y caña de azúcar. En épocas posteriores han incorporado otros productos como el arroz, o yuca y fríjol en la zona de cordillera.

La agricultura es complementada con caza y pesca intensas y, en menor grado, con recolección. Las parcelas rara vez exceden 1/4 de hectárea y se localizan en las orillas de los ríos de la selva baja. En la cordillera su ubicación es más flexible.

En las cercanías de las casas se tienen frutales diversos, de los cuales el más importante es el chontaduro; hay también papaya, guama, badea, bacao, caimito, árbol de pan y cítricos.

La recolección se limita a unos pocos productos como la llamada michiraca, la nuez del árbol (castaña) y de la palma (táparo). La recolección de  miel y cera de abejas está casi abandonada. De los insectos sólo se consume una larva de coleóptero o mojojoi, que crece en táparo. Todos estos elementos son secundarios en el conjunto de la dieta Embera.

El desplazamiento de numerosos grupos a zonas más secas ha ocasionado cambios en los productos y en los sistemas de cultivo. Se han incorporado variedades de maíz para sembrar hoyando y obtener frutos de mayor tamaño. También se utiliza la técnica de la quema para abonar con las cenizas.

Plátanos verdes cocidos con sal, fríjoles, arroz y maíz, combinados con productos obtenidos del comercio como sardinas, pastas y harinas constituyen hoy la dieta embera. El maíz es el de mayor consumo y tiene una importancia vital pues se relaciona no sólo con actividades económicas de subsistencia sino también a nivel del pensamiento en su cosmogonía; con él se produce la chicha, bebida fundamental en las fiestas, los trabajos comunitarios y las actividades cotidianas.

Tradicionalmente el hombre Embera se ha autovalorado como cazador y pescador. La cacería es diurna e individual. Las presas más preciadas son los puercos salvajes o pecaríes, los venados, las guaguas y los ñeques o agutí. Entre las aves, sobresalen el pavón, la pava y las perdices. La caza se hace preferencialmente con escopeta y perro, pero a falta de estos el cazador utiliza sólo el machete y la lanza. Desde la adopción de herramientas metálicas, no se han introducido mayores innovaciones tecnológicas en los instrumentos básicos: son estos, en la selva del pacífico, el hacha, el machete y la azuela.

La tala de monte para sembrar, el corte de madera o de hojas para hacer o techar las casas y el arrastre de canoas, los efectúan grupos de unos diez varones mayores. El dueño de la labor convida a los demás y les proporciona comida y bebida durante el día; frecuentemente estas actividades culminan con una sesión festiva de consumo de alcohol. La construcción de casas la suele efectuar un grupo más reducido de hombres, aunque también la puede hacer el dueño solo durante varios días.


[1] PARDO MAURICIO, Indígenas del Chocó, en Introducción a la Colombia Amerinidia.

 


VESTIDOS Y ADORNOS DE LOS EMBERÁ

Entre los Emberá de Antioquia y Chocó, tradicionalmente, los hombres usaban  una falda corta que se envolvía encima del guayuco y cubría el cuerpo y la cabeza con una coronilla de fibra vegetal. En la actualidad sólo los indígenas de las inmediaciones de Ituango (norte antioqueño) conservan esta vestimenta.

Las mujeres jóvenes de esta comunidad usan el vestido hasta los tobillos, con mangas largas, un pañuelo sobre los hombros y otro sobre la cabeza, sujeto por una corona que cubre con cintas de colores. 

Collares de pequeñas semillas negras son un adorno común a ambos sexos, los cuales se usan desde la niñez. También  usan aretes de alambre o hechos de monedas pequeñas que cortan y martillan para darles la forma básica. Los Emberá se pintan el cuerpo para ocasiones especiales como ceremonias religiosas; los hombres  todo el cuerpo menos las extremidades y la parte superior de la cara. La base de esta pintura es de color negro obtenida de la fruta del árbol guipará, con diseños de color rojo. Las mujeres no se pintan la cara.

En las tierras bajas del pacífico, los indios llevan pampanillas o guayucos de tela y las mujeres faldas consistentes en una pieza de tela envuelta en la cintura de vistosos colores, dejando el torso desnudo. En las zonas  donde  ha habido más aculturación,  los hombres usan pantalones y camisas para las actividades diarias.

La pintura facial es distinta según la zona. Las prendas más desarrolladas se concentran en el alto Sinú, en donde los diferentes diseños se refieren a la identidad social de quien las porta y a temas mitológicos.

En general se combina la  jagua (tintura negra) con la bija o achiole (colorante rojo), ambos de extracción vegetal.  Los  hombres se hacen dibujos geométricos negros en la barbilla, acompañados de arabescos negros y rojos en la frente, los pómulos y la barbilla. También tienen la costumbre de pintarse todo el cuerpo de negro, dejando solamente  bandas blancas en  las piernas y en los brazos.  En ocasiones rituales, las mujeres se pintan el torso y los brazos con viñetas de distintas formas. [1]


[1] Síntesis elaborada sobre la base de distintos trabajos de Astrid Ulloa, Camilo Hernández,  Luz Marcela Duque y otros.



VIVIENDA EMBERÁ

Esta vivienda, conocida tradicionalmente como tambo, consiste en un armazón de  madera de planta circular o rectangular, construida sobre pilotes a una altura de 1.50 o dos metros sobre el nivel del suelo, con techo cónico de hojas de palma. Se asciende por un madero al que se le hacen muescas a manera de peldaños. La mayoría de las veces los tambos no tienen paredes exteriores ni divisiones internas, el piso se hace de estrellitas de palma, sobre una base de tierra se construye el fogón y a su alrededor se desarrollan actividades cotidianas diurnas y nocturnas.

Se observa que cada vivienda está generalmente aislada, aun cuando en algunos casos se encuentran dos o tres tambos juntos, pertenecientes a miembros de la misma unidad doméstica. Están siempre localizados en la orilla de un río que sirve de vía de comunicación y lugar para actividades de aseo y recreación.

El mobiliario doméstico se compone fundamentalmente de cestos, muy variados en materiales, formas y tamaños según sus funciones: pequeños bancos, repisas y otros objetos de madera  y palmas, cortezas de árbol moldeadas para almacenar  productos de cosecha o para descansar en las noches.

La mayor parte de los productos del mobiliario son elaborados por ellos mismos a partir de materiales propios de la región que sirven para satisfacer necesidades básicas.  A estos se agregan, desde hace ya varios años, algunos productos de producción industrial adquiridos en los centros de comercio local: ollas de aluminio, recipientes plásticos y de vidrio, piezas de tela para el vestido y adorno, máquinas para moler, herramientas de hierro y acero como machetes,  hachas y escopetas, linternas, radios o grabadoras, y, en la mayoría de los casos, motores fuera de borda.

El espacio bajo la vivienda se emplea como corral para los animales domésticos, aves y cerdos principalmente, los cuales sólo en pocas ocasiones son consumidos por la misma comunidad pues se destinan para la venta en los mercados vecinos, donde los Emberá adquieren, con el dinero así obtenido, las mercancías indispensables para su subsistencia como ingredientes de cocina: sal azúcar, aceite etc.

 



EL TRABAJO Y SU RELACION CON EL MITO[1]

La caza, la agricultura y la pesca son las actividades básicas del quehacer de los Emberá para proveerse de los recursos necesarios para subsistir, e igualmente constituyen las principales las formas de relación con su hábitat.

Poder matar un animal en una excursión de cacería o lograr atrapar un pez necesitan, no solamente del esfuerzo  y la capacidad del cazador o pescador de la comunidad Emberá, sino que también requieren de la "autorización" de las madres o dueños del animal respectivo, pues cada una de los especies lo tiene. Sin su "voluntad", los animales no se ponen al alcance de los hombres. Es el Jaibaná quien posee el poder sobre esas madres o dueños de los animales. Él puede conseguir que los animales de caza y pesca se escondan o puede, por el contrario, lograr una abundancia de los mismo.

Un Jaibaná muy favorable a los miembros de su grupo garantizará a estos suficientes provisiones de carne y alejará a las plagas o animales dañinos. Uno de "mal corazón" y envidioso, puede producir el resultado contrario: someter a sus gentes o a un grupo enemigo a  una severa escasez, con lo cual ocasiona muchas veces que se alejen en busca de un nuevo hábitat, o que se segmenten, con la huida de una parte de sus miembros para apartarse de su mala influencia. Por este medio, el Jaibaná tiene una influencia importante en los procesos de segmentación social, característicos de los Emberá.


Jaibaná Embera de la comunidad El Playon

Esta circunstancia constituye, además, un mecanismo de relación ecológica, ya que opera, sobre todo, cuando se ha dado un considerable aumento de población en un río o sector de río en relación con la cantidad y variedad de recursos disponibles en él. En todos los grupos abundan las historias de conflictos con jaibanás que ahuyentan los animales útiles o atraen aquellos nocivos: vampiros, serpientes venenosas, zancudos o monstruos espantosos, situaciones que ocasionan la separación de un buen número de miembros de la unidad básica, la parentela, en busca de un nuevo asentamiento y restablece el equilibrio entre población y recursos en un sitio dado.

El monte y el río confluyen en un equilibrio que posibilita la vida humana en el hábitat que el hombre le conquistó a los animales: las orillas de los ríos, cada uno a su vez tiene una gran madre: Antumia  es la madre del agua, ancoren o pakoré  lo es de la selva. El jaibaná es también el personaje que sostiene la relación con ellas, neutralizándolas y propiciándolas, pues también son temibles, y haciendo que permitan a los Emberá la utilización de los recursos de sus órdenes respectivos y su vida misma en el lugar en donde están establecidos.

En consecuencia, no sólo la llegada de un grupo Emberá a una región deshabitada antes, sino también su permanencia en ella una vez que se ha establecido, dependen substancialmente de la relación de equilibrio con su medio, cuyo fundamento está determinado  por la actividad del Jaibaná.

Lo anterior explica porqué esta etnia denomina Kabai a la acción de sus sabios tradicionales, verbo, que según los investigadores, tiene un doble significado:  por un lado tiene el sentido de conocer y, por el otro, quiere decir trabajar, especialmente en relación con trabajar la tierra. Es decir, que el Jaibaná participa del trabajo general de su grupo mediante su actividad, la cual constituye el verdadero trabajo y sienta las bases sobre las cuales pueden realizarse las demás formas de trabajo.

 Es así como antes de la rocería del maíz debe realizarse una ceremonia llamada "curar la tierra", tendiente a alejar a las plagas y a los seres que puedan impedir la obtención de una buena cosecha. Esta forma de curación se da también cuando la tierra se ha "dañado", y cuando en un sitio la gente comienza a morir o enfermar en exceso, lo cual significa que el equilibrio entre la gente y la tierra se ha roto y se ha hecho necesario que el Jaibaná intervenga con su trabajo para restablecerlo.


[1] Estas notas son una síntesis del texto; LOS EMBERÁ CAHMI EN GUERRA CONTRA LA NATURALEZA, del profesor LUIS GUILLERMO VASCO URIBE, publicado en Humanización de la Selva. Estudios de las culturas indígenas que habitan en las diferentes selvas colombianas.

 

 

LA DIVISIÓN DEL TRABAJO

La participación en las distintas actividades depende del sexo y de la edad, sin especializaciones marcadas. En general, puede decirse que la tumba del monte, la preparación de colinos de plátano para la siembra, la cacería, la pesca con lente y chuzo o con anzuelo, la talla con madera y las transacciones comerciales son actividades masculinas.

Las mujeres asumen la limpieza y preparación de las piezas de cacería y pesca, así como de los alimentos en general; también se encargan del transporte de las cosechas -especialmente, el plátano- desde las parcelas hasta la vivienda, la pesca con la mano (el guacuco) o mediante pequeñas redes, elaboran los  canastos, la cerámica y el vestido femenino.

La roza, la preparación de semillas, la siembra y limpia de cultivos, la cosecha de maíz, el cuidado de los animales domésticos, junto con la manufactura de collares son, entre  otras, actividades compartidas por ambos sexos.

Desde muy temprana edad, los niños se vinculan de modo progresivo a las labores productivas propias de su género; hacia los quince años se hallan en condiciones de asumir plenamente las responsabilidades que corresponden a un individuo adulto.

El trabajo en la comunidad Emberá tiene un carácter individual y familiar, pero sus miembros suelen asociarse con parientes y amigos en cambio de mano o "mingas" para cumplir actividades como la tumba de monte, la cosecha de maíz, la cacería de mamíferos terrestres gregarios como el saíno, y la construcción de nuevas viviendas. Por costumbre algunas de esas labores cooperativas son ocasión de fiestas, acompañadas de bebidas y comidas -chicha y guarapo- que la mayoría de las veces culminan en borracheras colectivas.

 


   

[Emberas][Etnohistoria][Grupos][Cultura][Lengua][Bibliografía][Territorio]
[Conflictos]
[Organización social][Megaproyectos en la región]
[Actualidad]
[Enlaces][Contáctenos]