·      Los Antiguos Chocoes
·      Cuando la gente vivía en el cielo



Los Antiguos Chocoes

“Antes sólo existían los animales y todos eran persona. Algunos tenían poder: el camaleón era el dueño del fuego; la araña tenía la atarraya; el zorro era propietario del plátano y la conga del agua”.

Benjamín Bailarín (Jaibaná)

Hablar del pasado en las comunidades indígenas Emberá es enfrentarse a una historia que no está atrás sino que está presente. Es un ciclo vital de eterno retorno que remonta a los orígenes, porque la historia de hoy  se construye volviendo a vivir el pasado, según las condiciones del presente. Estar atento al pasado es darle continuidad al presente, en una visión circular del tiempo que también reconoce lo que el mañana representa. [1]

Pertenecientes al grupo de los chocoes, las comunidades indígenas Emberá están diseminadas a lo largo del litoral Pacífico, con un patrón de asentamiento caracterizado por la dispersión, en ámbitos geográficos propios a la selva tropical húmeda. Están distribuidos en los departamentos de: Chocó, Antioquia, Risaralda, Quindío, Caldas, Cauca, Córdoba, Putumayo, Caquetá y Nariño.

Los Embera y los Cuna. Impacto y reacción ante la corona española
(Vargas, Sarmiento Patricia)

 

La antigua nación Emberá

La información sobre los procesos de dispersión de los antiguos emberá datan de finales del siglo XVI y comienzos del siglo XVII. Los límites naturales de su territorio estaban dados por las cuencas de los ríos Atrato, San Juan y los afluentes orientales del Baudó.

“Según los españoles, las grandes provincias chocó delimitaban su territorio con fronteras deshabitadas entre ellos. La provincia de Tatamá en el alto río San Juan y los ríos Sima y Tatamá. Hacia el medio San Juan se encontraba la provincia de Cirambirá. En el alto Atrato y el alto Capá se encontraba la provincia de Citará y parecería localizarse una más en los afluentes orientales del Atrato”. [2]

Estaban organizados socialmente en pequeños grupos autónomos, comandados por un jefe guerrero que, gracias a su valentía, imponía su liderazgo, dentro de unidades sociales más amplias que desempeñaban actividades específicas – economía, militar, normativo –. A pesar de su segmentación sociopolítica, que les permitió, durante los períodos de conquista y colonización, replegarse a lugares apartados, compartían elementos culturales como el idioma y la cosmovisión, basada en el jaibanismo. Los estudios revelan que hubo alianzas estratégicas temporales entre algunas provincias para afrontar enemigos comunes o para expandir  territorios, elemento trascendental como estrategia para enfrentar la invasión española.

 

Conquista española

Aunque la colonización de los territorio Emberá se inició en 1511, con la fundación de Santa María la Antigua del Darién, fue tan sólo en la última década del siglo XVII que la corona española logra la implementación del sistema de dominación colonial en la región. Los distintos autores coinciden en señalar que la tardía incorporación se dio, entre otras razones, por las condiciones geográficas y ambientales del Chocó, el sistema de organización social de los emberá y, por último, los intereses y conflictos que generaron, entre los mismos estamentos de conquista, las distintas expediciones.

En cuanto al medio geográfico, se sabe que la incursión española se dificultó por el alto nivel de lluvias. Los españoles preferían realizar las expediciones durante el corto verano – de mediados de  enero a mediados de abril – que soportar los largos y crudos inviernos. Los recorridos, por ejemplo, eran por angostas trochas pantanosas que sólo permitían el acceso a un caminante. Las expediciones tenían que dejar atrás caballos y mulas, en una clara ventaja para la resistencia bélica indígena. Después de cruzar la serranía del Baudó, tampoco se contaba con canoas para transportarse por el río. Todo ello encarecía las expediciones, las cuales fueron, en un primer momento, de corta duración.

“Por esta época, para una estadía de tres meses se empleaba de a uno a dos cargueros por soldado y cinco para los altos oficiales, llevando cada trabajador aproximadamente cinco arrobas. Transportaban alimentos como harina de maíz, quesos y carnes secas, porque nunca tenían la seguridad de encontrar los sembrados necesarios para el mantenimiento de los soldados”. [3]

Por otro lado, la organización segmentada de los emberá permitió crear estrategias de reacción. Una de ellas estuvo en la capacidad de consolidar alianzas estratégicas para enfrentar las diferentes expediciones – como la acaecida en 1637 entre los Tatamá y los Cirambirá para repeler y aniquilar la expedición de Martín Bueno –. La otra estuvo en la disgregación de los grupos hacia lugares de difícil acceso para los españoles.

Por último, el interés de la corona española, en una primera fase de conquista, giró en torno a la adquisición de riquezas fáciles. Dado que otras etnias, con espacios geográficos más favorables, podían proporcionar cantidades de oro y plata suficientes para satisfacer la “sed” de los conquistadores, en el Chocó no se insistió mucho en el sometimiento a los indígenas. En lo referente al conflicto entre estamentos, tras lograr la total imposición de los chocoes, cabe recordar las disputas entre las gobernaciones de Antioquia y Popayán por la adjudicación de las cuencas altas del río Atrato y San Juan, produciendo retrasos legales para iniciar, por ejemplo, una expedición. El pleito fue finalmente resuelto a favor de la gobernación de Popayán en la década del ochenta.

Patricia Vargas divide el proceso de conquista en las siguientes etapas:

  1. La creación de una frontera de conquista en el noroccidente: va desde la fundación de Santa María la Antigua del Darién (1511) hasta la fundación de los municipios de Toro y Cáceres (1570), y su posterior anexión a la gobernación de Popayán (1595).

  2. Guerra y comercio: Con la conformación de los primeros poblados españoles – 1600 y 1640 –  la estrategia fue atraer a los indígenas para intercambiar productos. De esa forma, los nativos comienzan a hacer uso de instrumentos metálicos. De igual forma, se dan las primeras incursiones a los territorios de la ribera del Atrato. Un hecho importante durante este período, son los pactos que hace la provincia de Tatamá con los españoles en contra de la provincia de Citará (1628), lo que demuestra las alianzas que hubo entre unos y otros. [4]

    Empero, la reacción de los emberá contra los españoles es violenta, consiguiendo expulsarlos del territorio – la matanza de la expedición de Martín Bueno es la más representativa –. La respuesta violenta de los conquistadores produce un éxodo masivo a zonas selváticas. A lo anterior hay que agregarle el fracaso de poblados como San Juan de Castro y Salamanca de los Reyes.

  3. Política misional: Ante la imposibilidad de conquistar los territorios por la vía violenta y armada, surge como estrategia la labor misional, política impartida por la gobernación de Antioquia. Para dicha tarea fue relevante la presencia del bachiller Antonio de Guzmán, quien promovió tratados con los indígenas que respetaban el no reducirlos y la posibilidad de vivir libremente en sus territorios, sin encomendarlos. Con De Guzmán a la cabeza se fundaron cuatro poblados más a lo largo del Atrato (1645 - 1674).

  4. Crisis y reconquista: Con el retiro de Antonio de Guzmán y la llegada de los monjes Jesuitas (río San Juan) y, especialmente, Franciscanos (río Atrato) a continuar la tarea evangelizadora, se inicia la última fase de colonización, comprendida entre 1680 y 1695. Esta nueva estrategia no respetó los intereses de los indios, reduciéndolos a través de la imposición del corregimiento, aplicando el castigo corporal e impulsando la concentración de los emberá en pueblos. Fue la etapa en que se consolidó la sociedad indígena colonial, remplazando, entre otras cosas, la figura del jefe guerrero (sarra) por la del ‘cacique’, quien dependía de un corregidor hispano.

    La política pretendió reducir a los indígenas para modificar su ancestral patrón disperso y el carácter segregacionista de sus relaciones sociales, produciendo violentos conflictos intraétnicos. El más importante se produjo en 1684, disuelto por el ejército español con ayuda de los indios noanama. Pese a que, entre los años 1718 y 1730, se fundaron nueve poblaciones en el alto San Juan y el alto Atrato, estimulando la colonización aurífera, a lo largo del siglo XVIII se acentuó el cimarronismo o huida de los nativos a zonas selváticas aún más apartadas, permitiendo a los emberá expandirse hacia el bajo Atrato y la costa Pacífica, ubicándose en la cabecera de los ríos. [5]

    Se efectuó, entonces, un poblamiento particular e independiente, donde cada comunidad era celosa con su soberanía. Sostiene Sergio Carmona que: “... las alianzas para la guerra, como elemento aglutinador de la sociedad, se vieron sensiblemente afectadas o impedidas de manera quizá irreversible. Las desconfianzas interétnicas y la pérdida de reconocimiento a los jefes guerreros, el aislamiento de pequeños núcleos cimarrones alejados, el deterioro social en los poblados y los resguardos durante el régimen colonial, conllevaron, dentro de las posibilidades extremas de la organización social, a la adopción de una estrategia organizativa basada en familias y pequeños grupos sociales, que perduran hasta nuestros días. Una organización como ésta, sumada a la dispersión hacia lugares alejados de los centros coloniales, resultó ser una adaptación eficiente para garantizar la supervivencia y la continuidad cultural”. [6]

Se puede concluir que, en términos generales, los procesos de conquista y colonización española encontraron en la resistencia bélica y en la dispersión de las comunidades a zonas selváticas, dos estrategias que le permitieron a los emberá mantener su identidad y garantizar su supervivencia.

Por otro lado, las relaciones interétnicas adquieren otro matiz para los emberá al tener que compartir su territorio con las comunidades negras, quienes huyendo del trabajo de las minas también se instalan en las cabeceras de los ríos. Se inicia de ésta forma un proceso de mediación cul tural donde los negros aprenden de los indígenas las técnicas para pescar y cultivar en huertos mixtos, como la recolección de frutos y raíces.  A través del compadrazgo se desarrollan lazos de solidaridad y apoyo, que contrastan con las rivalidades y conflictos que comienzan a surgir por la posesión de la tierra.

 

Se van los españoles pero sigue la colonización

La independencia con la corona española no menguó los procesos de migración a territorios indígenas. Aventureros llegados de Antioquia, Valle y Cauca continuaron la expansión colonizadora con la fundación de poblaciones como Dabeiba (1850); Pueblo Rico (1876); Monte Líbano (1907); Tierra Alta (1913). La explotación agroindustrial, especialmente de oro, platino y caucho, atrajo a éstos nuevos inmigrantes, que hallaron en toda la región chocoana una rica, vasta e inexplorada posibilidad de enriquecimiento.

En el ámbito cultural la creación de la Prefectura Apostólica del Chocó (1908), las misiones de la Madre Laura (1914) y la apertura de las escuelas e internados de corte religioso, agrietaron más la organización social indígena. [7] Las tres experiencias más relevantes se fijaron en los internados del  Alto Andágueda, Istmina y Catrú.

Los relatos narran que una de las primeras misiones fue la de Vivícora, un caserío nativo donde los misioneros claretianos tumbaron selva, abrieron monte, sembraron pasto, levantaron iglesia y construyeron un internado. Al poco tiempo de iniciar clases formales con 28 nativos, llegó a la comunidad un jaibaná que ostentaba la fama de brujo. Los rumores sobre su poder daban cuenta que, sobre los lugares donde había estado, todo lo dejaba embrujado. Los indígenas, temiendo que el jaibaná pusiera “jai” a los animales y plantas, huyeron del poblado sin que los misioneros pudieran detenerlos.

Posteriormente, los mismos claretianos levantaron un internado sobre la comunidad de Purembará, en la ribera del San Juan, que más tarde fue entregado a la Diócesis de Pereira, por disposición de las jerarquías eclesiásticas. De esta forma, la comunidad claretiana dio inicio a la construcción del internado Santa Ana de Aguasal, a orillas del río Andágueda, tarea iniciada por el padre Francisco Javier Mejía, con ayuda de las hermanas misioneras de la Madre Laura, y finalizada por el mítico padre José Antonio Betancur.

El padre Betancur llegó a la región del Andágueda, proveniente de Catrú, en el año 1953. Para la fecha, las obras adelantadas por el padre Mejía se reducían a una pequeña capilla, que también servía de salón, y un potrero sembrado de pasto. El padre Betancur modificó los planes y concibió un gran edificio, cuya primera piedra fue colocada y bendecida por monseñor Pedro Grau en enero de 1954.

“Los materiales fueron llevados a lomo de mula y en hombros de los indios a través de la selva en un recorrido de más de sesenta kilómetros, por terrenos empinados y pantanosos, hasta depositarlos en los potreros recién abiertos donde iba a levantarse el edificio. En esa época el trayecto se hacia a pie desde el mismo casco urbano de Pueblo Rico, pues todavía no existía la carretera que hoy comunica a esa población de Risaralda con el departamento del Chocó, cruzando selva y los ríos que separan a Tadó del valle del Risaralda”. [8]

Las obras concluyeron el 8 de septiembre de 1954: un edificio de dos plantas, con un área de 41 metros de frente por 28 de fondo y 13 de alto, y la capacidad de albergar a más de 80 personas. Sostienen, quienes conocieron al padre Betancur, que él mismo hizo de ingeniero, oficial y director de los trabajos, con ayuda del hermano José Dolores Restrepo.  El ingenio del padre Betancur llevó a que el día de la inauguración sorprendiera a propios y extraños suministrándole energía eléctrica a las instalaciones del edificio a través de un motor conectado a un dínamo. [9]

Pero el ingenio del padre claretiano contrastaba con su recia posición frente a la evangelización. Consideraba que los indígenas tenían que ser totalmente sometidos a la religión católica y a la civilización occidental, dentro de una lógica que le indicaba que “... a los indios hay que hacerles el bien aunque sea a las malas”. [10]

Tal filosofía lo llevó a emprender proyectos como la guerra declarada a los jaibanás, a los que consideraba como representantes del mal en la tierra. Su lucha contra éste poderoso y respetado personaje dentro de la cultura emberá, se centró en decomisar sus bastones. Una prueba de su eficiente labor se halla en el Centro Pastoral Indigenista de la diócesis de Quibdó, donde reposan, a manera de trofeos, más de 30 bastones arrebatados a la fuerza.

Otra posición férrea estuvo en los modelos pedagógicos implantados. Los valores morales católicos tenían que ser impuestos a como diera lugar, logrando mantener, hasta finales de la década del ochenta, las reglas de impartir las clases en español, solo profesores blancos, prohibiéndoles el aprendizaje de la cultura emberá y combatiendo cualquier tipo de expresión cultural indígena.

La violencia política desatada en los años 50, se convierte en factor de nuevas migraciones hacia el chocó. La presión que ejercen estos nuevos colonos obligan  a los emberá y waunaan a replegarse aún más a la zona costera. De esta forma, se vuelve a intensificar la explotación de zonas madereras y la extracción de oro, engendrando agudos conflictos entre los mismos indígenas. Uno de los más álgidos se presentó en la región del alto Andágueda, entre las décadas del sesenta y ochenta, donde los intereses de los colonos sobre una mina de oro trastoca las relaciones de las distintas comunidades emberá – chamí, generando una guerra interna cuyos efectos fueron nefastos en todo sentido.

 

Un nuevo siglo, un nuevo cerco

A pesar de los múltiples esfuerzos de las organizaciones regionales para mantener la autonomía de los emberá sobre el territorio, los intereses económicos nacionales hacen que la situación general de la etnia sea compleja. Los planes de desarrollo comprometen la tierra de los indígenas, que hoy, a través de mecanismos como la declaratoria de parques naturales, son observadas como zonas estratégicas de utilidad pública nacional para la consolidación de grandes proyectos. Es un hecho que los resguardos indígenas están cercados por la expansión colonizadora, en una dinámica que introduce todo el territorio del Chocó a la economía de mercado, lo que implica, por un lado, un acelerado deterioro ambiental de una de las regiones consideradas como “pulmón del mundo”, y, por el otro, una amenaza a la continuidad cultural étnica.

Desde esta perspectiva, hoy día los asentamientos emberá presentan la siguiente categorización: [11]

  • Gente de río (dobidá): Su ciclo vital de vida gira en torno a la cuenca de los principales ríos que riegan al Chocó: Atrato, San Juan, Bojayá, Baudó y parte alta del Sinú.

  • Gente de selva (oibidá): Asentados a lo largo de las quebradas más alejadas de los cursos mayores, su territorio es el más inaccesible para los colonos, conservando un aislamiento relativo.

  • Gente de montaña (eyabidá): Asentados en la cordillera occidental, sus grupos principales son los emberá chamí – entre  los límites de Chocó, Risaralda y Antioquia – y los emberá katios en el noroccidente antioqueño. Sus comunidades están ubicadas muy cerca de las cabeceras municipales, con procesos de a culturización muy fuertes.

[1] VASCO, Luis Guillermo. “El tiempo y la historia entre los indígenas Emberá”. Lecturas Dominicales de El Espectador. Edición No. 433. Agosto de 1991.

[2] CARMONA, Sergio Iván. “Los Emberá, gente de río, de selva y de montaña”. En el libro Encrucijada de Colombia Amerindia. Instituto Colombiano de Antropología y Colcultura. Bogotá, 1993. Pág 300.

[3] VARGAS, Patricia. “Conquista tardía de un territorio aurífero: la reacción de los emberá de la cuenca del río Atrato a la conquista española”. Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales. Universidad de los Andes. Bogotá, 1984. Pág 12.

[4] CARMONA, Sergio Iván. Pág 301.
[5] ULLOA, Elsa Astrid. “Los Emberá”. En el libro Geografía Humana de Colombia. Tomo IX. Instituto Colombiano de Cultura Hispánica. Bogotá, 1992. Pág 98.

[6] CARMONA, Sergio Iván. Pág 302.

[7] El antropólogo Jorge Tamayo considera que los emberá son una etnia vulnerable a los movimientos catastróficos y mesiánicos.

[8] HOYOS, Juan José. “El oro y la sangre”. Editorial Planeta. Bogotá, 1994. Pág 97.

[9] Ibid. Pág 100.

[10] Citado por HOYOS, Juan José. Pág 101.

[11] CARMONA, Sergio. Pág 207.

Cuando la gente vivía en el cielo [1]

Por: Jorge Tamayo
“De primero mi Dios hizo de oquendo (madera fina) a la gente bien labrada. Dios iba labrando la madera para sacar las manos de la gente; pero mientras labraba se cortó los dedos, entonces se disgustó muchísimo y botó lejos a la gente que había labrado de oquendo (si nos hubiese hecho de oquendo los indígenas no morirían tan fácil)”
Mito del origen de los Chocoes
Versión Emberá

 

Según la tradición Emberá, en la zona de Lloró (curso alto del río Atrato) tuvo lugar la creación del Hombre. Dos personajes de su cultura, Karagabi y Tutruika, tuvieron alguna vez una disputa para saber quién era el más poderoso. Después de múltiples pruebas, decidieron competir creando al Hombre. Tras varios intentos fallidos, Tutruika creó al Hombre tal como es hoy en día. [2] Aquel es en la actualidad el señor de uno de los mundos inferiores, llamado Armukura, donde viven gentes sin ano.

Para los Emberá existen cinco mundos, dos encima de éste y otros dos debajo; Armuka es el más inferior de ellos. En el mundo superior, denominado Bajiá (cielo), se encuentra Karagabi. Según relatos recogidos por varios autores [3] los hombres y las mujeres tenían comunicación permanente con el mundo de Karagabi por medio de una escalera de cristal. Ante una falta cometida por los hombres, éste rompió la escalera, quedando en su lugar una gran piedra con inscripciones, que estaría ubicada en la zona de Lloró.

Cuando Karagabi derrumbó un Jejené (especie de árboo maderable, adecuado para fabricar embarcaciones) dio origen a las aguas, la gente se libró de las inundaciones subiendo a los cerros Torrá (Alto San Juan) y Mojarrá (Alto Atrato). Según los Waunaan, ellos y los Emberá fueron creados de la misma manera, y vivieron juntos en los ríos San Juan hasta que estos últimos se fueron de allí por su maldad. [4] Estos relatos son acordes con los planteamientos lingüísticos que ubican la diferenciación de las lenguas denominadas Chocó en el río San Juan. [5]

Podemos concluir, a partir de las informaciones que nos brinda la tradición oral, los estudios lingüísticos y la etnografía, que Emberá y Waunaan pertenecen a una misma familia lingüística. Su diferenciación ocurrió en un lapso no determinado. Este tipo de diferenciaciones lingüísticas son muy frecuentes. En la actualidad existen cinco dialectos Emberá, fruto de migraciones desde la época de la conquista española. [6] Incluso los Emberá se diferencian así  mismos en tres grandes grupos: las gentes de montaña (eyabidá), habitantes de la cordillera occidental en los departamentos de Antioquia, Risaralda, Caldas y Valle; las gentes de los ríos (Dobidá) del departamento del Chocó; y las gentes de mar (Pusabidá), habitantes de los ríos afluentes del Pacífico hacia el sur del puerto de Buenaventura.

En lo que se refiere a los Tules (Cuna), la tradición oral Emberá nos cuenta que fueron creados por la primera mujer, la cual fue instruida por Karagabi para hacer a los humanos a partir de una gota de agua. Sin embargo, esta primera mujer “esparció la gota de agua en forma de llovizna y de ella salieron una multitud de Cunas, que aprendieron muy bien a manejar el arco y las flechas y vivían en tambos muy hermosos” (Da Santa Teresa: 1959). Según los Emberá, los Tules (Jurá para ellos) fueron castigados por Karagabi debido a una traición a vivir en el río Atrato, de donde posteriormente debieron salir hacia el Pacífico y después a Panamá, ante las continuas invasiones de aquellos a su territorio, guerra de la cual existe una rica tradición oral.

En el momento de la conquista española, los Emberá se encontraban en plena guerra con los Tule. Andagoya relata en sus crónicas algo al respecto al comentar la expedición de Pizarro por el Pacífico. Dicha guerra se intensificó debido a la presión que sobre el territorio Emberá empezaron a ejercer los españoles, quienes hacia a finales del siglo XVI invadieron los territorio aledaños al río San Juan en el sur, obligando a los Emberá a desplazarse hacia el norte. [7]

 

Los Emberá y Waunaan

Ya hemos hablado del origen común de estos dos grupos indígenas, situación confirmada desde la mitología, la lingüística y la etnología. Sin embargo, es importante anotar que entre ellos mismos se consideran absolutamente diferentes, incluso los Emberá entre sí.  Estos últimos, además de diferenciarse según el medio donde vivan (eyabidá, dobidá o pusabidá), se reconocen entre sí como Chamíes (habitan Risaralda, suroeste antioqueño y la zona suroccidental del Chocó); Catíos (occidente antioqueño y carretera Quibdó – Medellín); Emberá (Atrato, Baudó, Costa Pacífica y afluentes respectivos y Epena (Cauca y Nariño).

Los waunaan por su parte, se sienten un solo grupo, a pesar de habitar cuatro zonas diferentes: Medio y Bajo San Juan; Bajo Atrato (río Chintadó); Panamá y Costa Pacífica y, por último, la llamada serranía Waunaan “municipio chocoano del Bajo Baudó”.

¿Qué identifica a los Emberá y Waunaan? ¿Cuáles son sus particularidades frente a otros grupos étnicos del país? Cuando se llega a una comunidad indígena del Chocó lo primero que se tiene ante los ojos son las viviendas. Existen varios tipos de vivienda y a este respecto Zuluaga, Villa y Pardo [8] proponen una tipología que consta de tres clases de vivienda: la tradicional, la vivienda en transición y la vivienda propia de las comunidades negras. Tradicionalmente, las viviendas o tambos (de en Emberá y di en Waunaan o maash meu) se construyen sobre cuatro pilotes principales que suelen ser de guayacán ( Miquartia Guianensis), a una altura promedio de dos metros sobre el suelo para evitar problemas de humedad y el ingreso de animales a la vivienda. Los techos son cónicos, construido con hojas de palma de diversos tipos y con dos técnicas fundamentalmente: “hoja raspada” y “hoja entera”. En la vivienda tradicional no existen divisiones internas ni paredes, aunque hay una distribución del espacio en términos de su funcionalidad. Sus pisos son de corteza de palma. La vivienda en transición es la que actualmente más se ve en las comunidades. El techo cónico es reemplazado por otro de tipo rectangular hecho en palma y, posteriormente, cambiada por láminas de zinc o asbesto. El piso empieza a hacerse de madera aserrada y se comienzan a apreciar medias paredes en la parte exterior de la vivienda.

El patrón de vivienda propio de las comunidades negras empieza a verse en las comunidades: casas con piso de madera, techos rectangulares de zinc o asbesto, pocas ventanas, algunas divisiones interiores y paredes hacia el exterior. Este tipo de construcción es a ojos vistos inconveniente en un medio como el Chocó, debido a las altas temperaturas en el día, ya que los materiales del techo no son refractarios; el humo de los fogones de leña que se encierra dentro de la vivienda y al hacinamiento se da cuando aparecen las divisiones internas, dadas las características de la familia indígena. 

Las mujeres indígenas usan el cabello largo hasta la mitad de la espalda, llevan el torso descubierto y adornado con pesados collares de chaquiras de distintos colores (cuentas de porcelana traídas de Panamá o compradas en Quibdó), con preferencia de tonalidades fuertes. Cubren sus caderas y sus genitales con una tela de colores vistosos de 70 centímetros de ancho por 2.5 metros de largo que envuelven en su cintura a modo de falda. Esta tela (paruma) es preferida por las mujeres Emberá estampada, mientras las waunaan la prefieren de un solo color. En el caso de las mujeres chamíes, la indumentaria utilizada consiste en un vestido entero, al modo de las campesinas antioqueñas.

Los hombres visten generalmente con una tela de un metro de largo por 20 centímetros de ancho llamado guayuco o pampanilla (antiá en lengua Emberá), la cual sostienen a la cintura con un cordel. Con ella cubren sus genitales. Es común también ver a los indígenas usar pantalonetas y camisetas, sobre todo cuando bajan a los pueblos de los negros. Los Catíos y Chamíes utilizan en general pantalón largo y camisa a la usanza de los campesinos antioqueños, tal como la mujer.

Para adornarse utilizan collares tejidos con nylon y chaquiras, llamados okama, y otros con cuentas de plata, manufacturados por joyeros indígenas. La plata la consiguen de monedas antiguas que han pasado de generación en generación (hemos encontrado algunas con fecha de 1852). También utilizan las monedas de 20 y 50 centavos para hacer las cuentas de los collares. Las formas de estas cuentas es muy variada: gotas de agua, cocodrilos y otras de tipo geométrico. Así mismo, los hombres utilizan aretes, narigueras y anillos, aunque es difícil ver a un joven usándolas.

Un elemento de suma importancia en la indumentaria indígena es la jagua (kipará en lengua Emberá). Es una fruta silvestre (Genipa americana) la cual después de rayada y escurrida produce un zumo transparente que al secarse sobre la piel se vuelve negro. Con pinceles vegetales, dibujan en su cuerpo figuras con infinidad de significados. Hay motivos diferentes según la persona que la utilice (si es chamán, mujer, adolescente, etc.), la situación en que se utilice o la motivación que se tenga. Con respecto a la práctica del dibujo corporal entre los Emberá, la antropóloga Astrid Ulloa realizó un trabajo muy completo en el medio Atrato. [9] Además de adornos, la jagua tiene usos medicinales y rituales para los indígenas.

Los chamanes (jaibanás para los Emberá y Bekún para los Waunaan) juegan un papel muy importante en el mantenimiento de la identidad de estos grupos indígenas. Son quienes controlan los espíritus. Pueden ser hombres o mujeres. Todos los adultos han aprendido en el transcurso de sus vidas el uso de ciertas plantas medicinales y/o mágicas, pero para convertirse en chamán se necesita más que el mero manejo mecánico de las fórmulas y objetos. Esta habilidad se adquiere con el aprendizaje, el cual está abierto a cualquier persona que pague para ello. En el proceso de aprendizaje del chamán intervienen muchos maestros. Cada uno de ellos enseña a su aprendiz, además de los aspectos secretos de las plantas medicinales, a llamar y controlar ciertos espíritus. Mientras mayor sea la cantidad de maestros que un chamán vaya teniendo, mayor la cantidad de espíritus que puede controlar y, por lo tanto, mayor su poder y reputación.

Los indígenas del Chocó logran abastecerse de los elementos necesarios para su subsistencia a partir de cuatro actividades económicas fundamentales: la caza, la pesca, la agricultura y un incipiente intercambio comercial con los negros y blancos. Todas ellas conforman un sistema, adquiriendo cada un peso específico diferente según la región en que se encuentren ubicadas las comunidades.

Hay zonas donde la explotación forestal por parte de compañías madereras, que han ejercido labores extremadamente depredadoras, afecta de manera absoluta el ecosistema propio de la selva húmeda tropical propio de la cuenca del Pacífico. Estas actividades han implicado para las comunidades una situación de adecuación a una realidad distinta a la que sus mecanismos culturales han respondido durante milenios.

El indígena ha encontrado en la selva todo lo necesario para su supervivencia. Si tenemos en cuenta las necesidades de consumo de nutrientes en términos de proteínas, carbohidratos, lípidos y vitaminas, encontramos que estas necesidades eran fundamentalmente cubiertas por los recursos disponibles a partir de las prácticas de cacería, recolección, pesca y agricultura que caracterizaron hasta hace pocos años su economía. Hoy en día, como ya se dijo, estas actividades deben ser complementadas con algún tipo de intercambio comercial, ante la disminución de la disponibilidad de alimentos en el medio ambiente selvático circundante.

Lo mismo ocurre en lo que al cubrimiento de otras necesidades culturales se refiere. Es el caso de la medicina tradicional. Gran cantidad de plantas necesarias para el tratamiento de enfermedades empieza a desaparecer. En un taller realizado en el Bajo San Juan con asistencia de varios chamanes, se lograron ubicar cerca de 1.150 especies diferentes de plantas utilizadas para el tratamiento médico. [10]  Lo preocupante es que el 30% de ellas son de difícil consecución.

De igual manera, los materiales necesarios para la elaboración de canastos (cestería) para la construcción de las viviendas tradicionales, y las maderas para la elaboración de canoas, entre otros, se hacen cada vez más escasos y en algunas zonas incluso se han extinguido.

Ante la presión colonizadora ejercida sobre el territorio indígena por gentes negras, mineros del interior del país, grandes empresas madereras y el mismo Estado con sus macro proyectos para la Cuenca del Pacífico, los indígenas han optado por constituir su organización, la cual cuenta con más de diez años de existencia. La OREWA (Organización Indígena Regional Emberá Waunaan) tiene como puntos fundamentales de su plataforma de lucha la “unidad, tierra, cultura y autonomía”. Para lograr estos, desde su surgimiento la OREWA ha impulsado la organización de las comunidades del departamento bajo la forma de cabildos, reconocida por el Estado, y se ha valido de la legislación indígena existente para hacer valer sus derechos como minoría étnica. [11]


[1] El texto hace parte del documento “Las Gentes del Chocó”.

[2] Relato recogido por el autor en tres zonas diferentes del Chocó: Costa Pacífica, Bajo Atrato y Alto Baudó

[3] Ver entre otros: PARDO, Mauricio. “La Escalera de Cristal”. En Maguaré – Revista del Departamento de Antropología de la Universidad Nacional de Colombia. Vol 4 No. 4. Bogotá, 1986. Pág 21 – 46. VARGAS, Patricia. “La Conquista Tardía de un Territorio Aurífero”. Tesis de Grado. Universidad de los Andes. Bogotá. 1984

[4] Versión recogida por el autor en la zona del Bajo San Juan durante una investigación realizada en 1990.

[5] VARGAS, Patricia. “La Historia en la Tradición de los Emberá y de los Tules”. En la revista Arqueológica No. 10. Bogotá, julio de 1989.

[6] PARDO, Mauricio. “Indígenas del Chocó”. En Introducción de América Amerindia. Publicación del Instituto Colombiano de Antropología. Bogotá, 1987. Pág 251 – 261.

[7] VARGAS, Patricia. Op. Cit.

[8] Ibid.

[9] ROMOLI, Kathleen. “El Alto Chocó en el Siglo XXI”. Revista Colombiana de Antropología. Vol XIX y XX. Bogotá, 1976. 

[10] VILLA, William y otros. “Diagnóstico de las comunidades waunaan” Trabajo realizado para la OREWA. Quibdó, 1987. Mecanografiado

[11] ULLOA, Astrid. “Kipará: Dibujo y pintura, dos formas Emberá de representar el mundo”. Monografía de Grado. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá, 1989.

[12] TAMAYO, Jorge. “Situación Económica de las Comunidades Indígenas del Departamento del Chocó”. Investigación realizada para el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. Quibdó, mayo de 1991.


   

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